Lunes, 31 de mayo de 2010

Delante de nosotros la maleza, oscura y baja, desaparecía lentamente y en su lugar quedaba un gran desierto de arena resquebrajada por el sol y separada del mar, que estaba más allá, por una cresta en forma de media luna de dunas de arena blanca, muy empinada y como de unos doscientos pies de altura. En esta zona desierta, protegidos del viento marino por los brazos envolventes de las dunas, los pingüinos habían construido su ciudad. Hasta donde alcanzaba la vista, a cada lado, el terreno estaba como picado de viruelas, lleno de nidos, algunos de ellos un débil rasguño en la arena, otros de varios pies de profundidad. Esos cráteres hacían que el lugar pareciera una pequeña porción de la superficie lunar vista a través de un poderoso telescopio. Por entre esos cráteres, andaba la mayor colección de pingüinos que yo había visto nunca, como un océano de camareros enanos, arrastrando los pies solemnemente de un lado a otro como si tuvieran las espaldas arqueadas por haber estado llevando bandejas demasiado pesadas durante toda su vida. Su número era prodigioso, extendiéndose hasta el horizonte más lejano, donde centelleaban, blancos y negros, en medio de la calina. Era una vista impresionante. Condujimos lentamente entre la maleza hasta llegar al borde de esta gigantesca criba de nidos y allí paramos y salimos del Land-Rover/La tierra que murmura x Gerald Durrell

*Sobre las llanuras de la Patagonia


Publicado por a333 @ 17:05
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